Vida y Obras

Los últimos visitantes se fueron y la luz pasó de cálida a tenue, proyectando sombras sin forma por toda la sala. El doctor Frithiof empezó a sentir como el lienzo tomaba otra dimensión, y como, él mismo, era capaz de percibir nuevamente ese calor artificial que envolvía la sala. Era la segunda vez que le ocurría, recordaba la sensación aunque al parecer se le dificultaba recordar la experiencia y el cómo volvió a ser parte protagonista del lienzo oscuro que adornaba la pared. -¡Este lugar no me es familiar- pensó al levantar la mirada de su periódico y espiar un poco a su alrededor. Poco a poco se levantó de su silla, maravillándose de la manera en que el lienzo cobraba nuevas formas pero sin levantarse ni un ápice sobre el marco.

Sentir las hebras del pelaje sobre su cuello era ya una sensación familiar para ella. La madera bajo sus manos volvía a sentirse dura y, como todas las noches, volvía a pensar mil y un improperios contra la sencillez de su pintura, pues la limitaba a cambiar de posición noche tras noche sin siquiera ser capaz de mantenerla, dado que, al llegar la mañana, las primeras luces del museo devolvían a las obras su forma original.

El doctor intentó salir del cuadro, notó que le era imposible -¡por supuesto! ¿en qué estaba pensando?- fue lo que pasó por su mente atiborrada de limitaciones científicas, aunque su desilusión era producto de la idea que tenía de haberlo hecho antes y creyó que, al intentar, sería capaz de conseguirlo otra vez, aunque la barrera invisible y casi intangible era bastante real y fuerte para contenerlo y no permitírselo en una segunda ocasión. Miró a su alrededor al tiempo que volvía a sentarse, nada había cambiado desde el último vistazo hacía algunos minutos; volvió a tomar su periódico e imitó la posición en la que estaba desde un principio, pensó que quizá así retornaría al estado uniforme e inerte en el que había estado hasta ese día y que no le había generado mayores molestias.

Algo había cambiado. Tras cambiar de posición y ajustar la cobertura de piel de su silla notó que era capaz de ver más nítidamente, inclusive, más claramente. Tendió su mano derecha hacia el frente explorando cual infante la inmensidad de opciones que su imaginación tendía frente a ella. Su mano no encontró ninguna barrera, la estiró un poco más y sacó su antebrazo fuera de su marco; el éxtasis la consumía por dentro, y la adrenalina, esa sensación de valentía que hacía años no experimentaba, la llenaba en cada pincelada. Se hincó sobre su silla y sacó ambas manos del marco, pero quería ir aún más lejos…

No tenía noción de cuánto tiempo había pasado, sólo era consciente de que sus piernas se sentían muy cansadas y el aire comenzaba a faltarle, ¡menuda tontería! no podía faltarle el aire, no respiraba, era un ser de pinceladas definidas que un artista en algún lugar, hacía algún tiempo, había creado dentro de un lienzo, sin saber, probablemente, que su obra era capaz de cobrar vida, aunque para ser sinceros, ni el mismo doctor Frithiof lo sabía hasta ese día, o hasta la ocasión anterior (porque estaba seguro de que había una ocasión anterior).

“Annie Bremer” decía un trozo de metal amarillo bajo su marco. Era consciente de poder moverse y de poder leer, probablemente también sabría escribir -¡quién diría que en un lienzo habría tanto más que sólo imagen!-; Annie no reparó mucho en ello, la adrenalina seguía y debía aprovecharse de ello. Caminó un par de cuadros más a su derecha. Aunque había cuadros a diferentes niveles, la mayoría por encima de ella, Annie sólo necesitó apreciar algunos pocos que estaban a su nivel para darse cuenta que ninguno tenía vida, ni siquiera emoción; no eran capaces de despertar en ella ningún tipo de sentimiento: ni alegría, ni tristeza, ni siquiera desánimo o enojo… Pero había una junto a las columnas que llamó su atención…

Volvió a dejar el periódico de lado y se levantó. Un lápiz se resbaló de la mesa y salió del marco. El doctor apenas le dedicó un vistazo sin darle mayor importancia, claro, antes de comprender su significado y verlo por segunda vez con una mirada cargada de emoción. Se revisó a sí mismo para verificar que todo estuviera en su sitio; al parecer nada había cambiado y aun así pudo notar que a su alrededor todo parecía más claro, más definido. Volvió a intentar salir de su cuadro y esta vez lo logró, cayendo a los pies de su propio marco. El éxtasis era como una corriente eléctrica que lo atravesaba de extremo a extremo y que provocaba que le temblaran las rodillas. No se movió por un par de minutos hasta controlarse. Quería ver más íntimamente cada obra con la que compartía esa sala de luz mortecina y sombras indefinidas.

Una por una, detalló para sí mismo la técnica y la estética de cada una; olvidando que eran sus semejantes, se mofó de aquellas que valoró de “pobres” o “insignificantes” pero sin ser capaz de apreciar en voz alta aquellas que despertaban su admiración…

El cuadro parecía no tener argumento. Ésa fue la impresión que Annie tuvo al ver el cuadro que estaba entre las columnas. Notó que había un lápiz a los pies del marco pero no le dio mayor importancia, era probable que perteneciera a algún infante de las visitas guiadas; aun así, al verlo por segunda vez, un rayo de consciencia la hizo detenerse de pronto al notar que ése lápiz era particular, aunque lo olvidó inmediatamente al notar que algo se movía al otro lado de la sala, junto a su lienzo. La confianza y la tranquilidad que las obras le habían transmitido se esfumaron al temer que alguien notara su ausencia en su propia obra.

Una silla con cobertura de pieles y una ventana cubierta por una pesada cortina no eran suficientes para formar un argumento en una obra. Miró varias veces, y minuciosamente, cada detalle de la obra, no le cabía duda que algo hacía falta y al explorar posibilidades un frío helado le invadió, haciéndole pensar, por primera vez, que quizá no era el único capaz de deambular fuera de un lienzo.

Annie se acercó a su lienzo poco a poco, caminando entre las pocas esculturas y asientos que había en la sala, buscando no dejarse ver por lo que fuera que acechaba su lienzo. Cuando estuvo tras la última escultura dejó escapar un suspiro de alivio al notar que su alguien no era más que otro personaje que escapó de las pinceladas de alguna obra.

Notó que algo se movía tras de sí, mantuvo la calma y se quedó en su sitio, no había otra cosa que pudiera hacer, dado que, difícilmente, un ser de pinceladas como él podría defenderse contra cualquier cosa. Una criatura, similar a él, se posó a su lado, le miró de arriba abajo mientras acomodaba su vestido y le dirigió una mirada interrogante. Tras un primer vistazo se dio cuenta que ella era la parte faltante de la obra frente a sí: las facciones delicadas pero fuertes, su vestido pomposo pero elegante y su actitud de superioridad eran la identidad de la obra, sin ella no habría nada más que un escenario vacío.

Su mirada estaba cargada de amabilidad y reflejaba conocimiento, además le provocaba una sensación de deja vú que la hizo sentirse como en casa. Al voltearse a ver el cuadro de la columnas recordó que alguna vez ambos estuvieron en la misma situación. Él la miró y un relámpago iluminó su memoria. El reconocimiento mutuo provocó que ambos sonrieran al sentir ese calor en el pecho que les hizo emular lágrimas de alegría. Mucho tiempo había pasado desde la última vez que se vieron y sin duda, mucho tiempo pasaría hasta la próxima vez.

“Compartir sala, museo y época ocurría contadas veces en dos personajes. Cuando sucedía era frecuente que, tras conocerse, crearan entre sí un lazo de sobrenaturalidad, capaz de mantenerles vivos cuando el otro estuviese cerca.”

No significa que todas las obras tengan su igual “artístico”, ni que cada pincelada de un lienzo selle una relación romántica con otra obra. Es la simple y sana constatación de que no hay dos obras iguales en todo el mundo, sino que cada una trae, con cada pincelada, y sin importar la técnica o su argumento, una carga de emotividad que sólo los sensibles al arte pueden entender y con la cual identificarse… y qué más sensible al arte humano ¡que la propia obra de arte!.

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